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Índice
Tema: Los milagros de Jesús
“Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.” Juan 21:5-6
El objetivo es enseñar que Dios nos ha llamado a vivir una vida con un propósito: seguir a Jesús y ser pescadores de hombres, cumpliendo ese llamado en obediencia a la voz del Señor.
Observación: Las profesoras deben leer Juan 21:1-14 al preparar la clase.
Introducción
Comencemos nuestra clase con una reflexión: “¿Hay algo en tu vida que sabes que no agrada a Dios, pero que aún no has dejado?” Quizás sea algo que nadie sepa. Pero tú lo sabes. Y Dios también lo sabe. Hoy conoceremos a un hombre que sabía que necesitaba ser limpio. No ocultó su condición y fue hasta Jesús. ¿Qué hizo Jesús por ese hombre?
Desarrollo
Había un leproso que había oído hablar de Jesús. En aquel tiempo, la lepra era una enfermedad muy temida, ya que era contagiosa y no tenía cura. Podía causar la pérdida de la sensibilidad al calor, al frío, al dolor y al tacto. De acuerdo con la Ley, la persona declarada leprosa era considerada impura y debía mantenerse separada de las otras personas mientras permaneciera en esa condición (Lv. 13:44-46). Hoy en día ya no es así, pues la enfermedad ya tiene cura y las personas pueden convivir con otras normalmente. ¡Imaginen qué difícil era la vida de ese hombre!
Aquel día, Jesús descendió del monte y una gran multitud lo seguía. Fue entonces cuando aquel hombre leproso tomó una decisión: fue hasta Jesús. Al llegar cerca del Señor, lo adoró y le hizo un pedido: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” Mt. 8:2b. Observen las palabras de ese hombre. Él reconocía que Jesús tenía el poder para purificarlo.
¡Entonces sucedió algo maravilloso! Jesús extendió la mano, tocó a ese hombre y dijo: “Quiero; sé limpio” Y al instante quedó purificado (Mt. 8:3). ¡Aleluya! Después, Jesús orientó que se presentara ante el sacerdote y cumpliera lo que establecía la Ley. Ahora podría volver a casa, ir al templo y ser feliz.
Ahora vamos a aplicar esta enseñanza a nuestra vida. La condición de aquel hombre leproso representa el pecado, que contamina nuestra vida y quita nuestra comunión con Dios. Y debemos entender algo importante: a veces el pecado comienza con una pequeña elección y, poco a poco, va ocupando espacio en nuestra vida, haciéndonos perder el deseo de buscar a Dios.
A veces todo empieza con un video que sabes que no deberías ver. Luego viene otro. Una conversación inapropiada en el grupo. Una mentira a los papás. Una amistad que te está alejando del Señor. Y, poco a poco, lo que antes te incomodaba puede empezar a parecerte normal. Por eso, antes de ver, participar, hablar o compartir alguna cosa, podemos preguntarnos: “¿Esto me está acercando a Dios o está contaminando mi corazón?”
El pecado nunca debe convertirse en algo normal para el siervo del Señor. La Palabra dice: “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” 1 P. 1:15-16. ¿Entienden? “En toda nuestra manera de vivir”. Santificación no es solo lo que hacemos dentro de la iglesia. La santificación debe reflejarse en nuestra manera de vivir. Es lo que se ve cuando estás solo.
Es lo que escribe en el celular. Es la conversación que tiene con sus amigos. Es cómo trata a sus papás. Es el contenido que sigue en las redes sociales. Es lo que hace cuando cree que nadie lo está viendo…
Dios nos ha llamado a ser santos. Significa pertenecer al Señor y no permitir que aquello que va en contra de su Palabra gobierne nuestra vida. Por eso, ante cualquier ambiente, fiesta, contenido, música, video, serie o conversación, debemos estar sensibles a la dirección del Espíritu Santo para discernir lo que no conviene en la vida de un siervo del Señor.
En los próximos días, por ejemplo, muchos lugares organizarán fiestas de Halloween. El Halloween, conocido como “Día de las Brujas”, no se inventó para asustar ni para vender disfraces. Tiene su origen en antiguas tradiciones paganas que giraban en torno a la creencia de que, en esa época, los muertos y otros espíritus vengativos podían acercarse al mundo de los vivos. Con el paso del tiempo, la celebración se comercializó, con disfraces y símbolos como brujas, fantasmas, la muerte y otros elementos relacionados con el miedo y el mundo espiritual.
Aunque los amigos digan que solo es una broma, el adolescente siervo del Señor debe conocer el origen de esta fiesta y preguntarse: “¿Esto agrada a Dios?”. Al respecto, la Biblia dice: “No sea hallado en ti… ni quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero,… ni encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos. Porque es abominación para con Jehová cualquiera que hace estas cosas, y por estas abominaciones Jehová tu Dios echa estas naciones de delante de ti.” Dt. 18:10-12.
Y aquí existe una alerta: cuando comenzamos a acostumbrarnos a lo que es profano, es impuro a los ojos del Señor, es porque estamos perdiendo la sensibilidad del Espíritu Santo. Al igual que la lepra, el pecado puede ir ocupando espacio poco a poco y volvernos insensibles a la voz del Espíritu Santo. Lo que antes nos incomodaba, ya no nos incomoda. Por eso, no debemos tomar como medida lo que “todo el mundo hace”, sino lo que nos enseña la Palabra de Dios.
Deja que el Espíritu Santo guíe tus decisiones y te dé fuerzas para decir: “No. No voy”. “No. No voy a verlo”. “No. No voy a participar en eso”. No porque te consideres mejor que los demás, sino porque le perteneces al Señor. La Palabra dice: “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.” He. 12:14.
Dios nos llama a una vida de santificación. Quizás ahora estés pensando: “Sé que hay algo que debo dejar, pero no lo consigo”. Entonces, recuerda a ese hombre. Él necesitaba ser limpio. ¿Y qué hizo? Fue a Jesús. Eso es lo que debemos aprender de la experiencia de ese hombre. La santificación no consiste en que alguien te entregue una lista diciendo: “No hagas esto”. “No veas aquello”. “No vayas allá”. El Señor quiere transformar nuestro corazón.
Cuando el Espíritu Santo te muestre algo que no agrada a Dios, no trates de justificarte. Reconoce tu pecado, arrepiéntete y acércate al Señor como lo hizo aquel hombre. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.” 1 Jn. 1:9.
Conclusión
Al igual que aquel hombre, tú también le perteneces al Señor. Por eso, no permitas que aquello que te aleja de Dios se convierta en algo normal en tu vida. Que exista en tu corazón el deseo: “¡Señor, límpiame!”. ¿Y después? Elige vivir en santificación. Todos los días, en tus actitudes y decisiones, busca lo que agrada a Dios. Toma esa decisión hoy. “Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.” Ro. 6:22.
Alabanzas Sugeridas: Estoy aquí para confesar (05); Quiero ser santo para el Señor (165); Dame un corazón humilde y recto (164).
Pregunta para Adolescentes
Leyendo 1 Pedro, capítulo 1, versículos 15 y 16, respondamos: ¿En qué momentos de nuestra vida debemos vivir en santidad? Respuesta: En toda nuestra forma de vida. “sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.” 1 Pedro 1:15-16.
